La importancia del juego a nivel educativo radica en el
uso del mismo como herramienta para el aprendizaje, más allá de la neta
diversión de nuestros niños y niñas. Esta estrategia permite a los estudiantes,
poner a prueba un sinnúmero de habilidades comunicativas, sociales y afectivas,
aplicando conocimientos previos y adquiriendo un nuevo tipo de información
mientras se enfrentan a situaciones de trabajo en equipo, tareas de tipo
competitivo y/o ejercicios lúdicos donde la creatividad e imaginación tienen
grandes vías de manifestación. Además, a través del juego tanto espontáneo como
dirigido, se logran desarrollar valores, siendo la honestidad, el respeto hacia
los demás y la tolerancia, aspectos que dentro del juego y fuera de él, les
proporcionan mayor claridad en la toma de decisiones y en la solución de
conflictos, tal como lo afirma Cepeda Ramírez (2017), al citar en su artículo
que “el juego como recurso en el aula, debe ser usado para desarrollar
comportamientos y destrezas adecuadas en los estudiantes, pues no solo ayuda en
la adquisición de conocimientos y el desarrollo de habilidades, sino que
contribuye en la comunicación, en la motivación para tomar de decisiones, y en
la solución de dificultades que se presentan durante la interacción con otros
estudiantes.”
Pero ¿En qué tipo de juegos podemos involucrar a niños
de educación inicial, para aprovechar estas características antes mencionadas?
Los niños a través de su desarrollo pasan por diferentes etapas en el juego,
pues inicialmente mostrarán preferencia por el juego en solitario, siendo para
ellos muy llamativos los juegos funcionales o de tipo físico, los cuales
consisten en repeticiones de acciones que derivan en un placer inmediato,
primordialmente motor (bajar del rodadero, gatear, correr, saltar de un trampolín,
tirar la pelota, etc.). Este tipo de juegos parecieran realizarse sin tener
ningún objetivo, más allá del puro entretenimiento. Sin embargo, al tratarse de
un juego dirigido y/o modificado, el docente debe proporcionar objetivos
educativos ya sean lingüísticos, cognitivos o motrices, centrándose en la
mejora de habilidades (circuitos motores, nominación de palabras mientras salta
o lanza una pelota, etc). Posteriormente, se evidencia un interés
natural por la observación de juegos ajenos, siendo la interacción entre los
niños y las emociones expresadas por estos, uno de los puntos que más les llama
la atención, aun cuando es en otra etapa que el niño empezará a involucrarse en
el juego o acercarse al mismo, pues en ocasiones se evidencia que logran compartir
juguetes, espacios e incluso imitar juegos de otros, sin observarse ningún tipo
de retroalimentación, regla o socialización continua. En estas etapas, los
niños deben ser acogidos e involucrados por padres y docentes, de una manera
natural, respetando sus intereses y gustos. Disfrutan de los juegos de
construcción (cubos, legos, aros) juego simbólico (incluido el cambio de roles)
y juego libre. Estos tres tipos de juegos favorecerán habilidades de motricidad
fina y gruesa, coordinación y creatividad. Una vez se desarrollan mayores
habilidades a nivel lingüístico y social, los niños comienzan a participar en
juegos asociativos y cooperativos, los cuales ponen a prueba su imaginación,
tolerancia y amistad. Estos, que en ocasiones deben ser guiados y/o mediados
por el adulto, fortalecen vínculos, desarrollan personalidad y crean
estrategias de solución ante situaciones generadas y/o conflictos. Vicente
Pascual (2018), propone en su artículo juegos de rescate, globos, escondites y
trabajo por parejas o equipos, los cuales pueden ser acondicionados a nuestros
intereses educativos e incluso a intereses de familias preocupadas por brindar
la estimulación adecuada a sus hijos.
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